Los Detroit Tigers de 1968. La última alegría de una ciudad moribunda

En el verano de 1967 los disturbios raciales se cebaron con Detroit. Un año después los Detroit Tigers ganaron las Series Mundiales y le devolvieron la ilusión a una ciudad que había estado dividida.

Los Bleacher del Rickwood Detroit Tigers
(Esta primera entrega de Los Bleachers del Rickwood funciona como una continuación de un episodio de Un Maizal en Iowa que se emitió en La Lata de Maíz. Se tituló ‘Detroit: Auge y caída de una ciudad, de un equipo’ y puedes escucharlo aquí)

Los Bleachers del Rickwood

Una brisa agradable le golpeaba la cara. Le hacía olvidar el calor agobiante de aquella tarde de finales de julio y le ayudaba a concentrarse. Ocho entradas, nueve ponches, solo tres carreras permitidas y aún así los Yankees les habían ganado…

Montado en su moto, Mickey Lolich volvía a casa. Un pequeño rancho en una zona rural del estado de Michigan. Acababa de abrir el primero de los dos juegos de la doble cartelera que aquel domingo enfrentaban a los New York Yankees con los Detroit Tigers. Y había perdido.

Mal asunto. Las cosas estaban muy apretadas aquella temporada. Es como si nadie estuviera dispuesto a ganar la Liga Americana. Red Sox, Twins, White Sox y Tigers llevaban jugando al gato y al ratón durante todo el verano. Parecía que ninguno quisiera llevarse el banderín en 1967.

Lolich aparcó la moto cerca del porche y con la mente aún puesta en la lomita entró en casa como un autómata. Al equipo se le estaba escapando la división. Él estaba sumido en una mala racha, dos meses sin conseguir una victoria, mientras que Al Kaline  no podía ayudar al equipo por estar en la lista de lesionados. Por no hablar de Denny McLain, un tipo de lo más peculiar que nunca sabías si iba o venía.

De repente sonó el teléfono. Era la Guardia Nacional de Michigan. La voz al otro lado le comunicó con una gravedad mecánica e impostada que Michael Stephen Lolich, reservista debía presentarse en su puesto aquella misma noche.

Entonces todo hizo click en la cabeza de Lolich. A lo largo de su apertura había visto como las pequeñas columnas de humo que salían de distintos puntos de la ciudad crecían hasta adoptar un aspecto amenazante. Había escuchado a algunos periodistas hablar de disturbios en los barrios negros, pero no le había dado importancia. Ahora comprendía que estaba equivocado. La olla a presión que la ciudad había sido en los últimos meses había estallado. Detroit estaba en llamas.

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Antes de aquel fatídico domingo la ciudad estaba entregada a los Tigers. La temporada estaba siendo buena aunque el equipo no terminaba de agarrar una racha de victorias que le permitiera destacarse en cabeza. Cada tarde, el viejo Tiger Stadium se llenaba para animar a los suyos. Entonces empezaron los disturbios.

Willie Horton era una de las estrellas de aquellos Tigers. Un slugger afroamericano que se había criado en Northwestern, uno de los barrios más duros de la ciudad. Cuando terminó el segundo de aquellos dos partidos contra los Yankees, en el que había conectado un cuadrangular, Horton salió disparado. Había visto el humo y los periodistas le habían contado lo que estaba pasando.

«La verdad que no sé porque en vez de ducharme y agarrar el coche para ir a casa como me habían dicho me fui a los disturbios», recordaba Horton en un artículo de Rhiannon Walker en The Undefeated. «Deje mi ropa de calle, mi bolsa y todo lo demás y fui a ver si podía ayudar de alguna manera».

Sin haberse duchado y aún con el uniforme de los Tigers puesto se presentó en medio de los disturbios. Parecía una zona de guerra. Había edificios ardiendo y un humo denso que apenas dejaba ver. «Parecía que una bomba acabará de explotar. Nunca antes había visto un humo así».

Horton estuvo en la calle hasta la madrugada. Intentaba convencer a la gente de que se fuera a casa y al mismo tiempo intentaba comprender lo que estaba sucediendo. Entendía la indignación y el hartazgo. Aún eran muchos los negros que vivían en barrios sin integrar en los que los servicios e infraestructuras eran muy precarios. El paro entre los afroamericanos era mucho más alto y la policía, fundamentalmente blanca, campaba a sus anchas. Había motivos para el descontento, pero no entendía porque toda aquella ola destructiva se estaba limitando a las zonas negras ni los saqueos indiscriminados a comercios regentados por negros.

Los disturbios continuaron. Horton volvió a acudir e intentó que la gente entrara en razón. Tuvo poco éxito. Durante cinco días la ciudad fue un caos. La policía y la Guardia Nacional no fueron suficiente y el Gobernador de Michigan, en una decisión muy controvertida, le pidió al presidente Johnson que mandara al ejercito. Murieron 43 personas, hubo 1.189 heridos y se produjeron 7.200 arrestos.

«Me mandaron a una comisaría de la policía en el centro», recuerda Lolich. «Aquello si que dio miedo. Los furgones cargados con detenidos no paraban de llegar. Algunos estaban en muy mal estado». Unos 2.500 negocios fueron saqueados o dañados, unas 400 familias perdieron sus casas y 412 inmuebles tuvieron que ser demolidos por daños estructurales graves. Se estima que las pérdidas ascendieron a unos $40 millones.

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Las calles de Detroit durante los disturbios. Foto cortesía de la Reuther Library

Los Tigers siguieron compitiendo por la división. Pero en un estadio vacío. Las clases medias blancas que vivían en los suburbios, público principal de los Tigers, tenían miedo a bajar a una ciudad que percibían hostil y peligrosa. La calle 12th, muy cerca del parque, fue uno de los puntos más castigados por los incidentes. Quedó reducida a un paisaje de edificios calcinados y mobiliario urbano vandalizado.

Las cosas estuvieron tan igualadas que todo se decidió en el último fin de semana de la temporada regular. Los Tigers tenían dos dobles carteleras contra los California Angels. Necesitaban ganar tres de los cuatro partidos para hacerse con el título de la Liga Americana. A pesar de que habían pasado 10 semanas desde los disturbios la ciudad seguía conmocionada. Había miedo. Los pocos espectadores que se atrevieron a ir al estadio vieron como los suyos perdían un juego cada día. Dos derrotas que les permitían a los Red Sox hacerse con su primer banderín en 21 años. Los Tigers, a pesar de ser el mejor equipo, se habían quedado fuera.

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La franquicia de Detroit era por aquellas fechas una de las organizaciones más tradicionales y conservadoras de la MLB. Esto había dejado episodios un tanto sonrojantes, como el hecho de que fuera uno de los últimos equipos de la liga en incluir negros en su roster. No lo hizo hasta 1958, cuando hacía ya 11 años del debut de Jackie Robinson. Ese conservadurismo, no obstante, hacía que se apostará por peloteros de la casa. Y eso creaba una química especial.

Cuando el equipo se presentó en los entrenamientos primaverales de 1968 había algo singular en el ambiente. 15 de los 25 jugadores se habían formado en la organización. Se conocían. Eran amigos. Habían crecido juntos. Además todos tenían orígenes similares. Cuatro eran de Detroit, siete de estados limítrofes con Michigan y tres de Pennsylvania. Blue-collars del Medio Oeste. En vez de depresión por el fiasco del año anterior imperaba la unión y la esperanza.

«No había divisiones. Eramos como hermanos,» recuerda Earl Wilson, uno de los tres afroamericanos que había en la plantilla. «La gente no siempre se siente cómoda cuando hay temas raciales que afectan a un equipo. Aquel año, y quizás solo por una vez, no importó. Estábamos realmente unidos.»

Una unión que no se rompió cuando quedaba una semana escasa para el inicio de la competición y Martin Luther King fue asesinado en Memphis. Ni un mes después cuando Bob Kennedy fue tiroteado en Los Angeles. Los Tigers avanzaron con contundencia a través de uno de los años más convulsos en la historia de los Estados Unidos.

Los disturbios volvieron a cruzarse en su camino. A finales de agosto llegaron a Chicago para enfrentarse a los White Sox. La serie se acabó trasladando a Milwaukee. Aprovechando la convención del Partido Demócrata que se celebraba en la ciudad miles de manifestantes que se oponían a la guerra de Vietnam tomaron Chicago. Hubo más de 400 detenidos y unos 300 hospitalizados.

La unión que se había fraguado en el vestuario se reflejó rápidamente en el campo. Los Tigers fueron un rodillo. Tanto sus lanzadores como sus bateadores dominaron la liga. No importó que las lesiones limitaran el tiempo de juego de Kaline, la gran estrella y el corazón del equipo. Horton, el jardinero Jim Northrup, el receptor Bill Freehan y el segunda base Dick McAuliffe llevaron al equipo en volandas. Los cuatro acabaron en el top 15 de la votaciones del MVP y fueron claves para que los Tigers liderasen la liga en anotación.

Los Bleachers del Rickwood Detroit Tigers 1968

Horton y Northrup. Foto extraída del Detroit Free Press

Pero el nombre propio del aquel año fue Denny McLain. El diestro estuvo intocable en la lomita y completó una de las temporadas más recordadas de la historia. Lanzó más de 300 entradas, dejó su ERA por debajo de 2.00 y superó las 30 victorias. Una actuación que le valió para hacerse con el MVP y el Cy Young (que volvería a ganar al año siguiente).

Cuando llegó el fin de semana del Juego de las Estrellas la superioridad de los Tigers era aplastante. Tenían un récord de 55-28 y le sacaban ocho victorias al segundo clasificado. La química era buena en el terreno, pero todavía mejor fuera de él. En los partidos lejos de Detroit era habitual ver a todos los jugadores pasando el rato juntos. En ocasiones, el entusiasmo por la buena marcha del equipo acabó desembocando en episodios bastante salvajes.

En un hotel de Anaheim coincidieron con una convención sobre aviación. Los organizadores del evento habían colocado una avioneta en el lobby del hotel. Después de tomar unos tragos, los jugadores decidieron que podría ser divertido moverla a los jardines. Pronto descubrieron que la avioneta era demasiado grande para pasar por las puertas, así que parecía que la «travesura» no iba o poder realizarse. O si…

«Sigo sin saber de donde salió la caja de herramientas,» recuerda Lolich, «pero había gente en ese equipo capaz de encontrar soluciones para todo». Veinte minutos después, y gracias a la distracción creada por el lanzador John Hiller, los peloteros de los Tigers se las habían apañando para desmontar la avioneta, sacarla en piezas al jardín y  montarla de nuevo junto a la piscina. Es entonces cuando las cosas se fueron totalmente de madre. A alguien se le ocurrió que el final lógico de todo aquello era meter el avión en la piscina.

Con todo el cuidado del mundo la depositaron sobre la superficie, evitando así que se produjera cualquier ruido o salpicadura que pudiera alertar al personal o a los huéspedes del hotel. Y poco a poco la fueron soltando. La avioneta se sumergió lenta e hipnóticamente en las aguas iluminadas de la piscina. Los jugadores, ensimismados por un instante por las burbujas que aquella mole de metal dejaba escapar mientas se hundía,  no tardaron en comprender eso de un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado. Una fracción de segundo después todos huían de un lugar del crimen que había quedado totalmente inundado.

A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa. Nadie había visto a los culpables de la chiquillada, pero no era muy difícil de suponer. Entre los huéspedes que desayunaban en el restaurante había familias que se disponían a ir a Disneyland, hombres maduros y un tanto ofendidos que habían asistido a la convención de aviación y un grupo de jóvenes con aspecto resacoso que al parecer jugaban en los Detroit Tigers. Jim Campbell, gerente general del equipo, tuvo que llegar a un acuerdo económico con el hotel para tapar el asunto y que no hubiera acciones legales. Mickey Lolich recuerda todo aquello como uno de sus mejores momentos como jugador de béisbol.

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Los Tigers terminaron el año con un balance de 103-59, el mejor de las Grandes Ligas. El buen papel del equipo y la carrera de McLain por alcanzar las 30 victorias habían provocado que la ciudad recuperara la ilusión. La gente superó sus miedos y las  gradas del Tiger Stadium volvieron a llenarse de aficionados. Durante aquel verano Detroit registró las mejores entradas de toda la MLB.

El banderín de la Liga Americana mandaba a los Tigers a las Series Mundiales (aún no había playoffs. El ganador de cada liga iba automáticamente a las Series Mundiales). Su primera presencia en el Clásico de Otoño en 23 años. Allí les esperaban los St. Louis Cardinals. Uno de los equipos más dominantes de la década y campeones en 1964 y 1967.

Los Cardinals se habían llevado su liga con la misma autoridad que los Tigers. Eran una escuadra llena de talento negro y latino que se había ganado el sobrenombre de Los Birdos. En ataque el equipo descansaba sobre los hombros de Curt Flood, Lou Brock, Mike Shannon y Orlando Cepeda. Pero era en el pitcheo donde los de St. Louis tenían sus mejores armas. En una temporada dominada por los lanzadores y en la que el ERA medio de la liga había sido 2.98, los Cards se las habían apañado para dejar el suyo en 2.49.

El líder indiscutible del equipo era el estelar Bob Gibson. Una presencia intimidante en la lomita que venía de dominar a la Liga Nacional con su slider y su recta. Gibson, al igual que McLain, ganaría MVP y Cy Young aquella temporada. Tuvo una efectividad de 1.12, lanzó 13 blanqueadas y alcanzó los 268 ponches.

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Carta Topps

La serie empezó en St.Louis, y como no podía ser de otra manera Gibson y McLain fueron los abridores. El duelo entre los dos mejores lanzadores de la temporada regular generó tantas expectativas que el Gibson vs McLain se comparó con el Nixon vs Humbrey que un mes después protagonizaría una de las elecciones más polarizantes en la historia de los Estados Unidos.

Los Cardinals arrasaron. Gibson estuvo intratable. Los Tigers se toparon con una fuerza de la naturaleza desatada. El as de St.Louis lanzó un partido completó en el que solo permitió cinco hits, cedió una única base por bolas y repartió 17 strike outs. La mejor actuación de un lanzador en las Series Mundiales.

La superioridad de los Cards quedó patente en los siguientes juegos. La poderosa ofensiva de los Tigers fue maniatada por el pitcheo de St. Louis. En los cuatro primeros choques de la serie solo consiguieron anotar doce carreras, de las cuales ocho llegaron en el segundo partido. En ese encuentro, en el que además de unos bates desatados vimos a un Mickey Lolich heroico en el montículo, se produjo la única victoria de Detroit.

En las entradas finales del quinto partido todo parecía decidido. La noche anterior, otra demostración de poder de Gibson había dejado la serie 3-1 a favor de los Cardinals. En la parte baja del séptimo episodio los Tigers perdían 3-2. Lolich había empezado con mal pie, tres carreras en la primera entrada, aunque luego había encontrado su ritmo. Era como si la peculiar interpretación del himno que había hecho Jose Feliciano en la ceremonia prepartido le hubiese hecho perder la concentración en los primeros compases del choque.

Los que seguían sin encontrarse eran los bates. Gibson se les había metido en la cabeza. Solo había una carrera de diferencia pero las sensaciones eran malas. El silencio del Tiger Stadium presagiaba muchas cosas, pero no una remontada. Hasta que el propio Mickey Lolich, noveno bate del equipo, conectó un sencillo al jardín derecho. A continuación una base por bolas y otro sencillo dejaban las bases llenas para Al Kaline. El gran capitán había tenido una temporada difícil. Las lesiones habían limitado su tiempo de juego y había sido duda hasta última hora.

Cuando llegó su momento no decepcionó. El batazo de Kaline impulsó dos carreras y los Tigers se pusieron por delante en el marcador. «No ha sido el hit más difícil de mi carrera,» dijo después del partido, «pero ha sido el más bonito». Lolich volvió a la lomita para certificar la victoria de Detroit en su segundo juego completo y mandar la serie de vuelta a St. Louis.

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Titular y portada del Detroit Free Press después del quinto juego.

Los Tigers, sabedores de que tenían que darlo todo, eligieron a McLain como abridor del sexto juego. Solo había tenido dos días de descanso después del cuarto partido, pero es cierto que en esa ocasión no había pasado de la tercera entrada. Sin la presión de tener a Gibson como contrincante, McLain fue capaz de mostrar su mejor versión. «Estoy cansado de oír a todo el mundo hablar de lo buenos que son los Cardinals,» había declarado el pitcher antes de iniciar las Series Mundiales, «no quiero ganarles, quiero machacarles». En esta ocasión lo consiguió. El marcador fue 13-1 para los Tigers.

El Lolich vs Gibson del séptimo y definitivo partido despertó todavía más expectativas que el McLain vs Gibson del primero. Ambos abridores contaban sus aperturas por victorias y partidos completos. Estaban siendo los auténticos protagonistas de la serie. No decepcionaron.

Lolich volvió a la loma después de dos días de descanso. No estuvo tan dominante como en los partidos anteriores pero allí donde no llegaba él llegaba el guante de Don Wert, un muro infranqueable en la esquina caliente. Gibson volvió a imponer su ley. Retiró a 20 de los primeros 21 bateadores que enfrentó y el juego llegó empatado a cero a la séptima entrada.

Es entonces cuando los Tigers hicieron lo imposible. Con dos outs consiguieron cuatro hits consecutivos y anotaron tres carreras. Los casi 60.000 espectadores que había en el Busch Stadium quedaron en silencio. Y así siguieron en las dos entradas siguientes. Viendo como una serie que habían tenido prácticamente ganada se les escurría entre las manos.

«He perdido porque el tipo que han puesto en la lomita ha sido mejor que yo», reconocería Gibson. Lolich lanzó su tercer partido completo de la serie y se hizo con el MVP. Cinco carreras permitidas en 27 entradas lanzadas.

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Detroit estalló. El juego había empezado a primera hora de la tarde, así que cuando terminó la gente aún estaba trabajando. Las trituradoras de papel no tardaron en ponerse en marcha y las guías de teléfonos se convirtieron rápidamente en confeti que empezó a llover desde las ventanas de las oficinas. Los negocios cerraron y todo el mundo se echo a la calle. En esta ocasión para celebrar.

Conserjes negros se abrazaban con secretarias blancas. Coches llenos de jóvenes llegados desde los barrios afroamericanos le tocaban el claxon a familias blancas de los suburbios que se atrevían a ir al centro por primera vez en más de un año. Las cervezas pasaban de una mano a otra sin que el color importase demasiado y republicanos y demócratas zanjaban sus diferencias al grito de «Lolich for president».

Los más viejos del lugar recordaban las celebraciones de 1935, cuando Mickey Cochrane y Hank Greenberg le dieron el título a una ciudad duramente castigada por el Crack del ’29. Aseguraron que la explosión de felicidad del ’68 fue mucho mayor. Aquellos Tigers se convirtieron automáticamente en el equipo más querido de la ciudad.

«Niños que no nacieron hasta 25 años después de aquello (me piden autógrafos). Conocen la historia», cuanta Earl Wilson, «hay hombre adultos que vienen para que les firme alguna pelota o una carta y me dicen lo mucho que aquello significó para ellos».

«Creo que los Tigers del ’68 fueron puestos aquí por Dios para volver a unir a esta ciudad», asegura Willie Horton con total sinceridad.

Es probable que nunca el Dancing in the Streets de Martha and the Vandellas fuera tan real. Negros y blancos celebraron juntos. Los Tigers del ‘68 le dieron una última alegría a una ciudad que caminaba hacía el abismo. 

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Celebraciones en Detroit. Foto extraída del Detroit Free Press

A lo largo de la historia ha habido ciudades malditas. Poblaciones, que por unos u otros motivos, han sido castigadas por guerras, plagas o desastres naturales. Según las religiones del libro, Sodoma y Gomorra son las primeras ciudades malditas de la historia. El Dios vengativo del Antiguo Testamento las destruyó por su vida licenciosa. 

En la Antigüedad clásica nos encontramos con Pompeya, engullida por las cenizas del Vesuvio. En la Edad Media Florencia fue machacada por la peste y a finales del XVIII Lisboa fue arrasada por un terremoto, un tsunami y un incendio.

El horror del siglo XX nos dejó episodios dantescos: el asfalto líquido en el Dresde bombardeado por las tropas aliadas, el silencio en Hiroshima y Nagasaki, el ruido de las bombas en Belfast y el sin sentido en Jerusalén. Pero hay pocos sitios que ejemplifiquen el fracaso de una sociedad como lo hace la ciudad de Detroit.

Es probable que la historia de occidente en el siglo XX se pueda explicar sin salir de Detroit. Se dice que el siglo pasado fue el siglo de Ford. Y es precisamente en Detroit donde Henry Ford inventó el automóvil y donde el sistema de producción industrial se pulió hasta la perfección. Antonio Gramsci acabó bautizando aquello como fordismo

Allí vimos como, al calor de la industria automovilística y de la lucha laboral, la clase obrera se enriqueció hasta extremos nunca vistos. Y es allí precisamente, donde los simpatizantes americanos de la Alemania Nazi tuvieron mayor arraigo.

Durante la II Guerra Mundial Detroit fue el epicentro de eso que el presidente Roosevelt llamó El arsenal de la democracia. Y sin Detroit y sus fábricas la victoria aliada hubiera sido mucho más complicada.

Pocos lugares vivieron el sueño americano como lo hizo Detroit en los cincuenta. Una casa en un suburbio idílico, papá trabajando para la Ford, mamá horneando tartas de manzana en el horno y barbacoas cada fin de semana.

Y entonces llegaron los sesenta. Y en ningún lugar de los Estados Unidos el rock and roll fue tan reivindicativo ni los afroamericanos tan combativos. Detroit ardió y vio como los mismo soldados que «defendían» la democracia en Vietnam ocupaban sus calles.

Detroit nunca se recuperó de aquello. A los disturbios de 1967 les siguieron las Series Mundiales del ‘68. Los Tigers, como habían hecho en 1935, acudieron al rescate de la ciudad. Una victoria pírrica a la que le sucedieron la reconversión industrial, la deslocalización y la bancarrota. Detroit es una ciudad fantasma que simboliza a la perfección la trampa del capitalismo más salvaje.

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