Invertir en un equipo de la MLB y matar a la gallina de los huevos de oro

¿Invertir en bolsa? ¿Por qué? Invertir en un equipo de la MLB es más lucrativo y más seguro. Y aún así hay propietarios que aprovechan cualquier oportunidad para maximizar los ingresos sin preocuparse por el largo plazo.

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(Este texto no hubiera sido posible sin las piezas escritas por  Rob Mains en ‘Baseball Prospectus’. En cierta manera esto es una síntesis que recoge mucha de las ideas que él exponen en sus artículos).

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Imagina que por la razón que sea tienes una cantidad de dinero sobrante a tu disposición y decides invertir. Puedes comprar acciones en el mercado de valores, comprar un piso, comprar un cuadro, comparar oro o invertir en un equipo de la MLB … El propósito de la inversión es «ganar» a la inflación. Es decir, que el día de mañana, cuando decidas vender aquello en lo que has invertido el retorno obtenido sea no solo superior al valor de la compra, sino que se haya apreciado por encima de la inflación.

Cuando se invierte no se espera un retorno anual. De hecho, se suele incurrir en gastos anuales. Hay que pagar a la empresa que gestiona nuestra cartera de acciones, contratar un seguro para el piso, guardar el cuadro en un almacén que garantice su conservación, etc. El retorno vendrá una vez que decidamos vender nuestro activo. Y si hemos tenido suerte obtendremos un beneficio.

En estos momentos, la mayoría de las franquicias deportivas son inversiones. Los propietarios de las mismas no viven de ellas. Simplemente las compran con el único objetivo de venderlas por una cantidad mayor en el futuro. En los últimos años hemos visto como tres franquicias de las Grandes Ligas cambiaban de manos. En 2017 Jeffrey Loria vendió los Miami Marlins por $1.2 billones después de haber pagado $158 millones en 2002. En 2019 David Glass vendió los Kansas City Royals por $1 billón después de haber pagado $96 millones en el 2000. Y en 2020 los Wilpon vendieron el 87% de los Mets (ya habían vendido un 8% por $40 millones en 2012)  por $2.42 billones después de haber pagado $81 millones por un 50% en 1986 y $381 millones por la otra mitad en 2002.

No hace falta recurrir a las matemáticas para ver que el retorno de la inversión en los tres casos fue brutal. Pero es aquí donde llega lo más sangrante del tema. Los propietarios de las franquicias han convencido al gran público (y quizás a ellos mismos) de que además del dinero obtenido al vender los equipos estos deben generar unos ingresos anuales durante la tenencia, algo que raramente pasa cuando se realiza una inversión. Esto convierte a las franquicias de la MLB (desconozco si sucede lo mismo en otros deportes) en la gallina de los huevos de oro.

Hace algo más de un año, y a raíz de la venta de los Royals, Rob Mains profundizaba sobre todo esto en Basenall Prospectus. Según los cálculos de Mains, que trabajó como analista de inversiones en Wall Street durante 25 años, y las estimaciones de Forbes (hay bastante opacidad en las cuentas de la MLB), el señor Glass vio como los Royals además de apreciarse un 12.6% anual durante su tenencia (un índice extraordinariamente bueno) amasaban unos beneficios anuales del 9.3% respecto al precio de compra. Es decir, el retorno anual de Glass fue del 21.9%. Una auténtica barbaridad.

El propio Mains ha estimado que la apreciación anual media de las franquicias de la MLB (sin tener en cuenta los beneficios anuales que los propietarios dan como algo hecho) ronda el 10.6%, superior al 8.1% que promedia el índice Standard & Poor’s para las 500 empresas más importantes de los Estados Unidos. Invertir en un equipo de MLB es bastante más lucrativo que invertir en bolsa. Y además es más seguro…

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Un mayor riesgo conlleva un mayor beneficio, pero no es el caso con las franquicias de la MLB. El riesgo de poseer un equipo en la MLB es cero. Los equipos reciben ayudas de los ayuntamientos y los estados, es decir del contribuyente. Muchos estadios e instalaciones adyacentes a los mismos son financiadas con dinero público. De la misma manera que se les dan facilidades fiscales tanto desde el sector público como desde el privado. Los bancos tienden a ofrecerles prestamos con tipos de interés más bajos porque saben que en caso de impago alguien asumirá la deuda (¿la liga, el ayuntamiento, un nuevo comprador…?).

La propia MLB se encarga de que ninguna franquicia caiga en banca rota. Cuando algo así sucede, como les paso a los Expos antes de ser trasladados a Washington o a los Dodgers cuando eran operados por Frank McCourt, es la propia liga la que busca soluciones. Por no hablar de unas barreras de entrada que convierten a la MLB en un monopolio.

Al mismo tiempo, los propietarios ven como el resto de sus empresas se ven claramente favorecidas por la popularidad y la exposición pública derivada de ser dueño de un equipo. Seguro que para Steve Cohen, el flamante nuevo propietario de los Mets, es más fácil cerrar un negocio ahora de lo que lo era hace un año. Puede ofrecer algunos extras: asientos VIP en el Citi Field, una visita a los vestuarios (foto con Francisco Lindor incluida), un saque de honor…

Para el hombre de a pie, sin embargo, todo resulta bastante más complicado. Imagina que abres una librería. Tendrás que adaptar el espacio a las necesidades, comprar estanterías, pasar una inspección, instalar extintores… (y ningún organismo público te apoyara). Pedirás un préstamos a un interés bastante alto y competirás con otras muchas librerías que podrán bajar los precios, ampliar el horario de apertura o vete tú a saber. Si la cosa no funciona te irás a la quiebra irremediablemente. Y si la cosa funciona y quieres ampliar las instalaciones, digamos construir un almacén para las ventas online, tendrás que pagarlo de tu bolsillo.

Esta situación tan ventajosa ha llevado a Mains a afirmar que una «inversión de esta naturaleza (las que se hacen en franquicias de la MLB), con este tipo de riesgo y con tantos beneficios intangibles, no dice nada bueno sobre el capitalismo, sino que es una simple perversión del mismo».

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Con todos estos antecedentes, las decisiones y declaraciones realizadas por Ron Manfred y los equipos en los últimos años, especialmente en 2020, resultan todavía más sangrantes. Hemos visto como las franquicias manipulaban el tiempo de servicio de sus jugadores sin ningún pudor, como se «congelaba» la agencia libre y se ofrecían salarios muy por debajo de lo esperado y como, en general, se hacía todo lo posible por recortar costes.

La temporada 2020, acortada por la pandemia y en la que los ingresos de la liga (y sus 30 franquicias asociadas), estuvieron muy lejos de años anteriores, generó el contexto perfecto. Le dio a la MLB la excusa que necesitaba para implementar todavía más su política de recortes. Desde que en la primavera del 2020 se supo que la campaña iba ser más corta y sin público se empezó a bombardear con un mensaje: hay que apretarse el cinturón.

El mensaje muto rápidamente a estamos perdiendo dinero. Los propietarios se quisieron vender como una especie de filántropos que pese a estar incurriendo en perdidas millonarias hacían todo lo posible porque hubiera béisbol, pero claro, se debían tomar medidas para minimizar las pérdidas. Así que se aprovechó para despedir personal, congelar sueldos y dar el golpe de gracia a las Ligas Menores, una competición que no solo sirve para formar peloteros, sino para que la gente de las zonas en las que no hay equipos de Grandes Ligas se aficione al deporte. Las Menores son un vivero de aficionados que no interesan a unos propietarios que solo miran por los beneficios en el corto/medio plazo. ¿Por qué iba a importarte la popularidad del deporte el día de mañana si para entonces tú ya habrás vendido la franquicia?

Rob Manfred no espero siquiera a que terminaran las Series Mundiales para hablar de la situación económica de la competición. Según el comisionado de la MLB las pérdidas operativas habían estado entre $2.8 y $3 billones mientras que el endeudamiento de la liga en 2021 podría situarse en los $8.3 billones.

Vamos a empezar con lo segundo, con lo del endeudamiento. La deuda no es necesariamente mala. Es difícil que un individuo compre una casa e incluso un coche sin contraer una deuda. Pero no se es más «pobre» por haber contraído esa deuda. De la misma manera que puedes endeudarte por estar en paro y no tener para comer. Eso es algo más grave. ¿Está claro?

Bien, pues es probable que una parte de esa deuda de la que Manfred habla se haya contraído para pagar salarios, seguros, desplazamientos… Y eso no es bueno. Pero dentro de esa deuda de la que habla Manfred también están incluidos préstamos que están siendo utilizados en proyectos de desarrollo urbanístico que los equipos están acometiendo en los alrededores de sus estadios. Cardinals, Braves, Red Sox y Angels, entre otros, están construyendo apartamentos, hoteles y zonas comerciales en las zonas colindantes con sus parques. Manfred también incluye esta deuda, que nada tiene que ver con la pandemia y que generará muchos beneficios en el futuro, en esos $8.3 billones de los que habla.

En cuanto a esa cifra de pérdidas operativas que oscila, según el comisionado, entre los $2.8 y $3 billones. Pues todo hace indicar que está un tanto maquillada. Scott Boras, el agente de jugadores más importante, llegó a decir en Los Angeles Times que eso no era cierto y «que ningún equipo había perdido dinero la pasada temporada».

Mike Ozanian nos cuenta en Forbes que dependiendo de la manera de cuantificar nos pueden salir cifras muy distintas. Igualmente acepta que la MLB no incluye en sus cálculos los ingresos de la televisiones locales, que en una temporada de 162 partidos están en torno a los $2.2 billones. Ozanian también reconoce que Boras tenía algo de razón cuando le dijo que no tenía sentido «anualizar» las cuentas de la MLB. Estas son un fluir que a pesar de pérdidas puntuales (como quizás haya sido el caso en 2020 y como pasa a veces cuando inviertes) han generado mucho dinero. Los ingresos operativos de la liga en los últimos 10 años, según estimaciones de Forbes, han sido de $8 billones.

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Pese al mensaje que se quiere trasmitir, la salud financiera de todas las franquicias de la MLB (con el caso particular de los Marlins) es envidiable. Hay algunas que aprovecha su condición de mercado pequeño para no dar contratos abultados, pero lo único que hay detrás es una búsqueda desesperada por maximizar los beneficios anuales. Una competición que no incentiva la competitividad deportiva es la principal culpable.

Los Cleveland Indians son el claro ejemplo de lo mencionado anteriormente. Llegaron a las Series Mundiales del 2016 con un grupo de peloteros jóvenes y consiguieron récords positivos en las cuatro temporadas siguientes (tres apariciones en playoffs incluidas). En vez de fortalecer el equipo han ido traspasando a sus estrellas para aliviar masa salarial. A primeros de enero se conocía que Lindor, uno de los mejores peloteros de la actual MLB y al que Cleveland no tenía ningún interés en renovar, era traspasado.

Según los Indians, su condición de mercado pequeño les imposibilitaba competir por Lindor una vez que este saliera a la agencia libre. Las estimaciones de Forbes son que Cleveland tuvo unos ingresos operativos de $43 millones en 2019 (los New York Yankees, que son el gran mercado por antonomasia, tuvieron $35 millones). Suponiendo que tras un 2020 muy peculiar las cosas volverán a la normalidad, los Indians podrían permitirse pagar un salario de unos $25 millones a Lindor y seguir generando ingresos. Y además competir en el terreno.

Los Indians no solo están generando ingresos anuales, sino que el valor de la franquicia ha aumentado considerablemente. Larry y Paul Dolan compraron el equipo por $323 millones en el 2000. Se estima que su valor actual ronda los $1.15 billones. Una tasa de apreciación anual del 12.1% que justificaría con creces el esfuerzo económico necesario para retener a una estrella como Lindor.

Las Grandes Ligas están rotas. Podría decirse, incluso, que la competición está adulterada puesto que hay equipos que buscan competir de manera recurrente (Yankees, Mets, Nationals, Blue Jays…) mientras que hay otros para los que maximizar los ingresos operativos anuales es el objetivo número uno. Pirates y Rays pertenecen al segundo grupo. Dos equipos que dicen no tener dinero para retener a sus jugadores y que en 2019 estuvieron en el Top 10 en ingresos operativos superando a conjuntos de mercados grandes como Angels, White Sox, Padres, Yankees, Mets o Blue Jays.

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El problema existe y una solución es necesaria (y no va a ser fácil encontrarla). Los agentes involucrados (MLB, Ligas Menores, las 30 franquicias, peloteros…) van a tener que sentarse y hablar en serio sobre el futuro del deporte. Medidas como la reducción del número de equipos en las Menores o un sistema que «premia» el traspaso de tus estrellas puede generar muchos beneficios hoy pero impactar muy negativamente en el largo plazo. ¿Cómo va a aficionarse al béisbol un chaval que no ha pisado un estadio porque el equipo de su ciudad ha desaparecido o las entradas para ir a verlo son prohibitivas? ¿Cómo va a mantener un fanático el vínculo con su equipo si año tras año ese jugador que le dice algo es traspasado para «ahorrar» dinero?

Los dueños de las franquicias, en su mayoría, están de paso. Lo único que quieren es exprimir a la gallina de los huevos de oro sin importarles lo que pasará dentro de cinco, diez o veinte años. Entonces ellos ya no estarán aquí y si la gallina la espicha no será problema suyo.

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