Una breve historia de la sabermetría (y IV). Sabemetria 2.0: Statcast y otros animales

Cuarta y última entrega de este serial dedicado a la historia de la sabermetría. El giro copernicano de una nueva forma de evaluar y desarrollar peloteros. Los tiempos de PITCHf/x, Statcast, Rapsodo y Driveline.

Una breve historia de la sabermetría (y IV). Sabemetria 2.0: Statcast y otros animales.

La primera parte de esta serie de artículos se centró en la aparición de las primeras comunidades sabermétricas fuera del béisbol organizado. En la segunda viajamos hasta mediados de los ’80 y vimos como los Atléticos de Oakland fueron la primera organización de las Grandes Ligas en interesarse por la sabermetría. Y en la tercera vimos como los despachos de todas las franquicias se llenaban de ejecutivos con estudios en universidades de prestigio.

En esta cuarta y última entrega volvemos, en cierta manera, a los orígenes. Son un puñado de outsiders los que llevan la sabermetría al siguiente nivel.


Hacía 2015 todos los equipos de la liga habían abrazado la estadística avanzada en mayor o menor medida. Franquicias como Pirates, Rays, Red Sox, Astros o A’s confiaban en ella con una fé ciega y contaban con gigantescos departamentos sabermétricos. El reverso de la moneda lo encontrábamos en Phillies, Royals, Orioles o Twins. Organizaciones de la vieja escuela que se acercaban a los número con más cautela y seguían confiando mayoritariamente en métodos de análisis más tradicionales.

En cualquier caso, todas las franquicias eran ya conscientes de que OBP, OPS, ISO, BABIP, FIP o SIERA eran igual o más importantes que el promedio de bateo o la efectividad a la hora de medir el rendimiento de un pelotero.

La primera revolución sabermétrica, aquella encabezada por Sandy Alderson y continuada por Billy Beane, se centraba en evaluar aspectos del juego que nadie antes había tenido en cuenta. De esta manera se conseguía fichar a peloteros que pasaban desapercibidos para todo el mundo. El problema de Beane y sus inmediatos imitadores fue pecar de deterministas. Trataban a los jugadores como una foto fija. Como simples cifras cuyo rendimiento era posible proyectar.

Pitch f/x: las mulas se pueden convertir en caballo de carreras

En los playoffs del 2006 una nueva tecnología irrumpió en las Mayores. Sportvision era una empresa que trabajaba en el sector audiovisual. En 1996 desarrollaron un dispositivo que permitía a los telespectadores de la NHL ver el puck con mayor nitidez. Su aportación al mundo del béisbol fue la creación de PITCHf/x, un sistema de localización y seguimiento que medía la velocidad y trayectoria de la pelota con una precisión nunca vista.

Tres cámaras de última generación colocadas en distintos puntos del estadio registraban todo lo que sucedía entre el montículo y el home con un margen de error inferior a una milla por hora y una pulgada. Por primera vez se podía ver con verdadera precisión que pitcher lanzaba más duro o cual tenía la slider con más caída.

Mientras los sabermétricos seguían buceando en hojas de cálculo complicadísimas que parecían no tener fin, un lanzador novato de los Royals comprendía que la utilidad de PITCHf/x  iba mucho más allá de los highlights. En 2007 Brian Bannister disputó su primera y mejor temporada completa en las Mayores. Esa nueva tecnología fue vital. “La gente usa la estadística para hacer proyecciones”, declaró en el Seattle Times. “Yo la uso para cambiar lo que nos dicen esas proyecciones. Quiero identificar mis debilidades, encontrar los datos que me digan en qué estoy fallando y cambiar mi manera de lanzar para mejorar”.

Tras su ilusionante debut en 2007 Bannister firmó un mal 2008. Estudió la información recogida por PITCHf/x y se dio cuenta de que su recta de cuatro costuras era un desastre. Decidió lanzarla con menos frecuencia y recurrir más a la cutter, un lanzamiento que generaba muchos batazos rodados. Este y otros ajustes le permitieron ganarse un puesto en la rotación en 2009. Lamentablemente las lesiones se cebaron con él y nunca llegó a rendir a gran nivel.

A pesar de su discreta carrera como lanzador, Bannister fue un pionero. Se adelantó seis o siete años a todo el mundo. En 2007 había equipos que aún no sabían en que consistía la sabermetría, Bannister ya la había superado. En él ya se intuía eso que se ha llamado mentalidad post Moneyball: el análisis es importante, pero el desarrollo lo es más.

“Hay mulas y hay caballos de carreras. Y puedes azuzar a una mula todo lo que quieras pero nunca se va a convertir en un caballo de carreras”. Esta frase de Billy Martin sintetiza a la perfección el pensamiento que dominó el béisbol hasta aproximadamente el 2015. Hay peloteros buenos y hay peloteros malos. Los malos pueden entrenar todo lo que quieran, pero nunca llegarán a ser buenos. 

¿Seguro?

Statcast cambia todo

Lo que PITCHf/x había empezado en 2006 alcanzó la excelencia 2015. TrackMan es una empresa danesa fundada en 2003 por ingenieros con experiencia en el campo de la tecnología militar. El propósito original de la compañía era monitorizar las trayectorias y swings de jugadores de golf. Esto atrajo la atención de una MLB que no tardó en encargarles algo parecido.

En 2015 TrackMan y MLB presentaron su creación y el béisbol no volvió a ser el mismo. Se le llamó Statcast, y consistía en una serie de cámaras de video y dispositivos de seguimiento de última generación que permitían capturar y medir cualquier cosa que sucediera en el campo con absoluta precisión. Lo mismo te dice la velocidad alcanzada por Kevin Kiermaier al esprintar en los jardines para hacer un catch, que te mide el ángulo con que Shoei Ohtani le impacta a la bola o que te muestra el punto exacto en que es posible diferenciar la recta y la slider de Yu Darvish

Algunos jugadores y equipos no tardaron en darse cuenta de las posibilidades que ofrecía esta nueva tecnología. En los entrenamientos primaverales de ese mismo 2015 los Rays, entre otras franquicias, empezaron a prestarle más atención a la velocidad y el ángulo en el que un bateador le impactaba a la bola que al promedio o al embasado

El razonamiento tras este cambio de mentalidad es que medir el rendimiento de un bateador en función de sus hits o sus outs es tan aleatorio como tirar un dado e intentar predecir el resultado. Una buena jugada defensiva o un infielder colocado en el lugar apropiado pueden convertir un batazo destinado a ser un hit en un out. “Si le impactó duro a un lanzamiento lo cuento como un hit”, diría Jake Lamb en 2016. “Si en un partido consigo dos batazos fuertes me digo a mí mismo que me he ido con un 2 de 4 aunque el boxscore refleje que he hecho 0 hits. Si solo te preocupas por el resultado final te acabas volviendo loco”.

Statcast nos permitió descomponer los movimientos de un pelotero a su mínima expresión. Aislarlos, medirlos y de esta manera comprender dónde reside el éxito de un bateador o un lanzador. Nelson Cruz es muy bueno porque consigue batear con poder y con promedio, pero la clave está en que conecta a la bola con mucha dureza y en el ángulo idóneo. De la misma manera que la clave de Justin Verlander no está solo en su velocidad, sino también en el punto donde suelta la bola y en la rotación que consigue imprimirle.

Como hemos comentado más arriba, Statcast llevó lo iniciado por PITCHf/x al siguiente nivel. Pero entre medias hubo una serie de visionarios, que al igual que Banister (que fue contratado por los Red Sox en 2015 y que actualmente trabaja para los Giants), supieron adelantar el cambio de paradigma. En las afueras del béisbol profesional aparecieron unos cuantos individuos bastante heterodoxos a los que se miró con la misma incomprensión que a los primeros sabermétricos.

Revolucionando el béisbol desde un garaje

Sus prácticas y propuestas les colocaban a medio camino entre un geek y un mesías. Utilizaban tecnología de última generación para recoger y almacenar datos, pero era la peculiar manera de interpretarlos los que les hacía distintos. Además estaban convencidos de que podían convertir a cualquier jugador de nivel medio en una estrella. Crearon centros de entrenamiento modestos en garajes y naves industriales y desde allí inauguraron eso que se ha acabado llamado sabermetría 2.0.

Ha habido varios de estos gurús. Todos aportaron su granito de arena, pero hay algunos que sobresalen: Doug Latta y Chad Longworth en el campo del bateo y Kyle Boddy en el del pitcheo. Ambos consideraron que esa metamorfosis de mula en caballo de carreras que Bill Martin catalogó como imposible podía producirse si se entrenaba de la manera correcta. El tiempo les ha dado la razón.

Latta y Longworth son las dos cabezas más visibles de un movimiento minoritario que ha acabado convertido en tendencia: la fly ball revolution. J.D. Martínez, alumno aventajado de este movimiento, describe bien en qué consiste: “No intento conectar ni un jodido lineazo ni un maldito rodado. Trato de poner la bola en el aire. Esa es mi fortaleza y cuando lo hago la pelota puede acabar en cualquier lado. Así que, ¿por qué batear bolas rodadas? Eso es en lo que creo.»

Es difícil quitarle la razón a Martínez. Antes de recurrir a Longworth era un pelotero con pie y medio fuera de la liga. Los Astros, como tantas veces se ha contado, le habían cortado y sus estadísticas estaban por debajo de la media: .253/.312/.391 con un wRC+ de 93 y 24 homers. Con ayuda de Longworth rediseñó su swing y se convirtió en una de las mayores amenazas ofensivas de la liga: .301/.368/.569, wRC+ de 146, 214 home runs y un contrato de $110 millones. Fueron muchos los que le imitaron y condujeron carreras que estaban a punto de terminar. Josh Donaldson y Justin Turner son los otros dos casos más famosos.

El éxito de estos bateadores obsesionados con poner la bola en el aire llegó en el momento idóneo. El exceso de información había propiciado que los equipo perfeccionaran los shifts defensivos hasta extremos inimaginables. Las tendencias de los bateadores se conocían a la perfección y los infielders se colocaban en aquellos spots en los que conectaban con mayor frecuencia. Los jugadores más ligeros y orientados al contacto se vieron muy perjudicados. Es entonces cuando el poner la bola en el aire para “saltarse” el shift se convirtió en la norma.

El efecto de la fly ball revolution se ha hecho más patente en los bateadores “pequeños”. En aquellos que en otro béisbol hubieran vivido del contacto y/o de las piernas. Gente como Francisco Lindor, José Ramírez, José Altuve o Mookie Betts tienen que evitar las bolas rodadas a su lado natural. Si no lo hicieran los shifts les destrozarían. En su lugar elevan la bola todo lo que pueden a su lado natural. De esta manera se convierten en auténticos sluggers. ¡Pull and lift the ball, baby!

Kyle Boddy y Driveline

Pero la mayor revolución ha llegado en el campo del pitcheo. Es imposible entender la MLB actual sin Kyle Boddy, fundador de Driveline. El éxito de Boddy, al igual que Bill James muchos años antes, se basa en cuestionar todo aquello que se daba por supuesto. Aprovechó tecnología de última generación para descomponer el acto de pitchear a su mínima expresión. Aisló los movimientos del pitcher, el agarre de la pelota, la trayectoria de la misma…

Estudió el ángulo de lanzamiento, el movimiento de la muñeca, la rotación de la pelota, el efecto de esa rotación en el movimiento y comprendió mejor que nadie que el todo es la suma de las partes. Y que si una parte falla el todo puede fracasar.

Para tener éxito como lanzador no basta con tener tres lanzamientos élite, sino que estos deben encajar a la perfección. Un pitcher puede tener éxito lanzando la recta de una determinada manera porque esta encaja a la perfección con el resto de sus lanzamientos. Otro puede lanzar una recta mejor y fracasar estrepitosamente porque no mezcla bien con el resto de su arsenal.

Boddy, a través de su empresa, ha creado el llamado pitch design o diseño de lanzamientos. A través de cámaras, radares (o algo parecido) y otros dispositivos de última generación es posible identificar las principales fortalezas de un lanzador y construir sus lanzamientos, de una manera muy personalizada, en consecuencia.

Los métodos propuestos por Boddy han calado en muchas franquicias de la liga. El caso de Gerrit Cole lo demuestra. Los Astros detectaron algo que los Pirates no veían, se hicieron con él, cambiaron radicalmente su manera de lanzar y lo convirtieron en uno de los mejores de la liga (y en el pitcher mejor pagado de la historia).

Son muchos los que han recurrido a Driveline en los últimos años. Trevor Bauer ha sido uno de los más vocales al respecto. Además gente formada en la empresa ha acabado en puestos de responsabilidad de distintas franquicias de la MLB. El propio Boddy es a día de hoy coordinador de pitcheo de los Cincinnati Reds y recientemente la Society for American Baseball Research le ha incluido en una lista de las 50 personalidades más influyentes de los últimos 50 años. 

Como vemos, la vanguardia de la analítica ya no está en eso a lo que de forma despectiva muchos llaman hojas de excel. Todas las franquicias de la MLB usan las hojas de excel. Kevin Cash no es un dogmático peligroso y es probable que cualquiera de los otros 29 entrenadores de las Mayores hubiera hecho lo mismo que él. 

El presente y el futuro, nos guste o no, está en la evaluación y el desarrollo de jugadores. La sabermetría 2.0 tiene su núcleo en las sesiones de bullpen y las jaulas de bateo super monitorizadas. Laboratorios en los que los swings son alterados hasta la perfección y la rotación de los lanzamientos medida al milímetro.

¿Y qué es lo siguiente?

Estamos cansados de escuchar eso de que el béisbol es un deporte de ajustes, pero es absolutamente cierto. Es seguro que en los próximos años las franquicias que están más por detrás acortaran distancias y la liga se equilibrará. Entonces, aquellas organizaciones que quieran obtener ventajas tendrán que descubrir nuevos estanques en los que pescar. Habrá que volver a innovar.

Se lleva ya algún tiempo hablando del neuroscouting, aunque aún hay mucho secretismo al respecto. Fue inventado en los ambientes universitarios de la Costa Este y tuvo cierta exposición pública hace unos cuatro o cinco años.


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La idea es que a través de ciertos dispositivos se puede comprobar la velocidad de la sinapsis neuronal. Esto afecta a la rapidez en que se toman decisiones. ¿Cuánto tarda un bateador en identificar el lanzamiento? ¿Cuánto tarda en decidir si hace o no hace swing? Se sabe, por ejemplo, que en 2011 los Red Sox le dieron un signing bonus de $750.000 a un adolescente que había sido seleccionado en la quinta ronda del draft y que respondía al nombre de Mookie Betts. Así hablaba de él Theo Epstein, aún en Boston: “…también es un superdotado […] si se tiene en cuenta el funcionamiento de su cabeza”.

Como se ha mencionado anteriormente, el secretismo de las franquicias respecto al neuroscouting es absoluto. De hecho poco se ha oido sobre el tema en los últimos tres o cuatro años. Quizás la siguiente revolución no se acaba produciendo en este campo, pero es seguro que en un futuro muy cercano habrá un puñado de equipos que acabarán encontrando una nueva fórmula para generar ventajas.

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