El extraño viaje de Dennis Eckersley

En el mundo del deporte hay pocas carreras tan peculiares como la del lanzador Dennis Eckersley. Un abridor que lo perdió todo y acabó encontrando la salvación en el bullpen.

El extraño viaje de Dennis Eckersley

Estamos en el verano de 2017. Los Medias Rojas vuelven a Boston después de una serie en Toronto. Durante la retransmisión del último juego, Dennis Eckersley, ex lanzador y actual colour commentator de los Red Sox, ha hecho unas críticas bastante suaves a la apertura de Eduardo Rodríguez.

David Price parece habérselo tomado muy a pecho y está dispuesto a proteger a su compañero. En el transcurso del vuelo de vuelta a Boston, compartido por la prensa y el equipo, Eckersley pasa por la zona ocupada por Price y entonces se produce el incidente. «¡Aquí le tenemos!», exclama Price. «El mejor lanzador que jamás haya pisado la tierra. El béisbol es muy fácil para él».

La prensa de Boston ya había tenido algún roce con Price. Esto fue la gota que colmó el vaso. Las formas de Price resultaron chulescas, la reacción desproporcionada y su crítica muy poco acertada. No debe de haber muchos peloteros con una carrera tan complicada y tortuosa como la de Eckersley. Un abridor estrella al que los problemas personales y un alcoholismo que arrastraba desde la infancia le metieron en un pozo del que parecía imposible salir. Cuanto todo estaba perdido se reinventó como relevista. Se convirtió en una de los cerradores más dominantes de la MLB y en las Series Mundiales de 1988 perdió un partido al conceder uno de los home runs más famosos de la historia. Se pueden decir muchas cosas de la carrera de Dennis Eckersley, pero no que fuera fácil.

Dos Uno Siete

Ha nacido una estrella

Eckersley nació y se crió en el Oakland de la década de los sesenta y los primeros setenta. Y eso marca. Estamos hablando de una ciudad en la que militancia política, tensiones raciales y drogas convivían en armonía. Al tiempo que dos estudiantes afroamericanos fundaban el Partido Panteras Negras de Autodefensa un chaval salido de los projects y llamado Felix Mitchell levantaba un imperio que acabaría moviendo cocaína y heroína por toda California y el Medio Oeste.

Lo mismo te encontrabas con una manifestación que pedía una revolución de corte marxista-leninista que con un tiroteo entre bandas que se disputaban el control de una esquina. En ese Oakland crecieron Dennis y Glenn Eckersley. Dos chavales que se refugiaron en el béisbol y el alcohol. Sentían admiración por los Giants de Juan Marichal y Willie Mays, pero mataban el tiempo libre bebiendo. «No nos tomarnos una o dos cervezas», ha reconocido Eckersley años después, «sino que nos emborrachábamos a conciencia «. Dennis era un atleta privilegiado y salió adelante, para su hermano todo fue mucho más difícil.

En 1972, con solo 17 años y después de destacar como lanzador en el Washington High School, Eckersley se presentó al draft. Su sueño era que o bien los A’s o especialmente los Giants se hicieran con sus servicios. No solo no sucedió ninguna de las dos cosas, sino que la franquicia que lo acabó seleccionando en la tercera ronda fueron los Cleveland Indians. Un equipo malo al que nadie quería ir y una ciudad con fama de fea a la que peyorativamente se le llamaba «The Mistake On The Lake» (El error junto al lago).

Poco a poco fue avanzando por el sistema de granjas de los Indians. Las sensaciones eran muy buenas. Era capaz de dominar cuatro lanzamientos, su command era impecable y su actitud en la lomita intimidante. Eck, como se le empezó a conocer, era capaz de sostenerle la mirada a cualquier bateador. Los miraba desafiante y después de poncharlos les gritaba sin compasión desde la lomita.

El extraño viaje de Dennis Eckersley

Carta Topps de 1976.

En los entrenamientos primaverales de 1975, Frank Robinson, entonces dirigente de los Indians, quedó maravillado. La gerencia de Cleveland no estaba tan ilusionada. Aún le veían un poco verde. Robinson intervino a favor del lanzador. «Empezará el año en el bullpen,» le dijo a los ejecutivos, «y poco a poco le iré dando protagonismo para que no tenga tanta presión.»

O bien la maniobra de Robinson fue todo un éxito o quizás Eck no tenía ningún tipo de problema con la presión. El 25 de mayo, después de 10 apariciones como relevista en las que no encajó ni una carrera, Eckersley hizo su debut como abridor. Y lo hizo a lo grande. Un partido completo sin encajar carreras ante unos poderosísimos Oakland A’s que llevaban tres Series Mundiales consecutivas. Fue el inicio de un lustro de dominio absoluto. Había nacido una estrella.

Entre 1975 y 1979 Eckersley lanzó 1148 1/3 entradas con un ERA de 3.12. No era un power pitcher, de hecho su recta se movía solo en las 90 millas. Sin embargo demostró tener un gran command y fue capaz de desarrollar hasta tres sliders distintos.

«Salte del instituto al béisbol profesional», le contó a David Laurila de Fangraphs hace unos años. «De repente mi bola rápida no era tan efectiva. Tenía 17 años, estaba en la California League y todo el mundo bateaba mucho. Lo siguiente de lo que me di cuenta es de que estaba tirando muchos lanzamientos quebrados. No tenía elección».

«Tenía un (slider) más duro y otro con un poco menos de velocidad,» recordaba Eckersley. «Podía lanzar hasta un tercer (slider). Mi versión lenta del slider se convertía en un cambio cuando coloca el dedo índice detrás

La mejor racha de Eckersley con los Indians llegó a finales de mayo de 1977. Durante aquella primavera estuvo a punto de romper uno de esos récord imposibles del béisbol. Un logro que pertenecía a una leyenda. En 1903 el mítico Cy Young estuvo 23 entradas seguidas sin permitir un solo hit.

El desafió de Eck empezó en Seattle. Aquella tarde lanzó un partido completo que se fue a las entradas extras. El as de los Indians aguantó en la lomita hasta el 12º y definitivo episodio del juego. No permitió ni un sencillo desde el sexto inning. En su siguiente apertura Eckersley rozó la perfección. Salió en estado de gracia y lanzó un no hitter con 12 ponches. Fue electricidad pura. Una fuerza de la naturaleza desatada. «Después de eliminar a un bateador gritaba ‘¡Tú eres es el siguiente!’ al que estaba esperando en el circulo de bateo,» recuerda el receptor Ray Fosse. «Me acuerdo que el último bateador al que se enfrentó fue Gil Flores. Se estaba demorando todo lo psosible y Dennis le grito: ‘¡Al cajón. Ya!’ «.

Los Indians volvieron a Seattle y fue en el desaparecido Kingdome donde Eckersley tuvo una cita con la historia. Para igualar la legendaria marca de Cy Young necesitaba llegar hasta la séptima entrada y  además sacar al primer bateador. Pero los dioses del béisbol, esos a los que le rinde culto Annie Savoy, son celosos. En la sexta entrada, después de eliminar a dos bateadores, el mundo vio como la marca de Young quedaba intacta. Un home run de Ruppert Jones dejaba las entradas consecutivas sin permitir hit de Eck en 22 1/3, muy cerca de las 23 de Cy Young.

Empiezan los problemas

Cuando quedaba menos de una semana para el inicio de la temporada de 1978 se producía una noticia que sacudía la liga. Los Indians habían decidido traspasar a su lanzador estrella y All-Star en 1977 a los Boston Red Sox. Cleveland intentó justificar lo injustificable. Las explicaciones a nivel deportivo no tenían ningún sentido. El único motivo detrás de aquel traspaso era un lío de faldas.

Un año después de ser drafteado por los Indians, cuando solo tenía 18 años, Eckersley se casó con Denise Jacinto, su novia de toda vida. Al poco de su llegada a Boston se hacía público que Denise y Rick Manning, jardinero de los Indians, habían tenido un affair. De hecho, Denise se quedó en Cleveland con Manning y no volvió a ver a Eck hasta septiembre de aquel año, cuando se juntaron para firmar el divorcio.

A nivel deportivo, los dos primeros años de Eckersley en Boston fueron muy buenos. Los mejores de su carrera como abridor. El broche final para ese lustro mágico que había empezado en Cleveland en 1975. Su ERA estuvo por debajo de tres en ambas campañas y recibió votos para el Cy Young.

Esas dos primeras campañas bastaron para convertirle en uno de los favoritos del Fenway Park. Su estilo, con la melena y el bigote, eran únicos. Su actitud chulesca enamoraba a los aficionados y sus manierismos eran únicos. Cuando hacía sus lanzamientos levantaba muchísimo la pierna delantera, un poco  a la manera de Marichal. También cerraba un ojo, como si fuera un cazador apuntando a su presa, y cuando conseguía eliminar a un bateador lo celebraba sin ningún complejo.

Pero bajo la superficie algo estaba ardiendo…

Eck estaba abusando de la bebida. Cuando llegó al béisbol profesional ya tenía esos problemas, pero su nueva profesión no ayudó. «No culpo a la pelota de mis problemas con la bebida, ya era un alcohólico cuando llegue. Pero la vida en el béisbol me hizo ir a peor. Ya se sabe: beber para celebrar las victorias y para olvidar las derrotas.» Las propias dinámicas derivadas de ser un abridor tampoco ayudaron demasiado. El disputar un partido cada cinco días te da otros cuatro para beber sin tener que preocuparte demasiado por la mañana siguiente.

Las lesiones tampoco estuvieron de su lado. En 1979 Eckersley empezó a sentir molestias en el brazo y en la espalda. En 1980 las molestias pasaron a ser dolor y los problemas en la espalda se convirtieron en algo recurrente. Estuvo en Boston cinco temporadas más (hasta 1984), y en ninguna lanzó al 100%. Su ERA fue de 4.47 y los cuadrangulares, algo que los Indians ya habían intuido, fueron un problema.

En mayo de 1984 los Medias Rojas decidieron deshacerse de Eck. Los Cubs estaban compitiendo por la división pero andaban necesitados de pitcheos. Un lanzador veterano, aunque en horas bajas, podía comer entradas con ciertas garantías. Tenía 30 años pero parecía mucho mayor.

Tocando fondo

El propio Eckersley ha reconocido que uno es un alcohólico cuando empieza a mentir sobre la cantidad de alcohol que ha consumido. Llegó un momento en que él lo hacía todo el tiempo. Según el periodista Peter Gammons tenía botellas escondidas por el vestuario y algunos de sus compañeros, como Scott Sanderson de los Cubs, ha dicho que estar con él era una pesadilla. «Salir a cenar con él,» recuerda Anderson, «era acabar la noche habiendo bebido demasiado. Y era algo que pasaba un día tras otro».

Su primer año y medio en nómina de los Cubs no estuvieron mal. Ayudó a que el equipo se hiciera con la división en 1984 y fue el mejor abridor de Chicago en 1985. En lo personal las cosas no fueron tan bien. Eck fue capaz de dejar el alcohol por períodos cortos de tiempo, pero siempre lo acaba retomando con ánimos renovados. Jugar como local en Wrigley Field, donde todos los partidos eran de día, no ayudaba. Le daba más noches libres que se pasaba pegado a la botella. Poco a poco, tanto su nuevo matrimonio con Nancy O’Brien como la relación con la hija que había tenido con Denise antes del divorcio se fueron yendo a pique.

En 1986 tocó fondo. Una tendinítis en el hombro le obligó a jugar con muchos dolores. Los resultados fueron nefastos. Su 4.57 de ERA fue uno de los peores de las Mayores. El único remedio que un Eck que veía su carrera al borde del abismo encontró contra el dolor y el pobre rendimiento en la lomita fue la bebida. Las noticias que le llegaban desde Oakland no eran mucho mejores. Su hermano Glenn, con problemas de alcoholismo todavía más graves, llevaba unos meses desaparecido. Había dejado a su familia y todo hacía indicar que vivía como un vagabundo.

Nancy, absolutamente superada por los acontecimientos, acudió a varias reuniones de Alcohólicos Anónimos para pedir ayuda. No consiguió nada. Hasta que en el invierno de 1986 se produjeron dos sucesos que lo cambiaron todo. Durante las navidades de aquel año su hija fue a pasar unos días con Nancy y Eckersley. Una noche en que Eck estaba especialmente borracho su hija le grabó con una cámara. A la mañana siguiente le enseñaron las imágenes y se vino abajo. Poco después la policía le comunicaba que su hermano Glenn había sido arrestado en Colorado. Se le acusaba del asesinato, el robo y el secuestro de una mujer.

Eckersley no tardó en ingresar en un centro de desintoxicación del que salió a las seis semanas. «Fue doloroso,» recuerda de nuevo Gammons, «pero le ayudó a recuperar su vida». Cuando Nancy le recogió se encontró con una persona totalmente nueva. «Era como un niño pequeño.» Los primeros pasos del Eck sobrio estuvieron llenos de inseguridad. Todo se le vino encima de golpe. «Había mucho dolor y hubo muchas lágrimas», dijo.

«No creo que nunca antes me hubiera dado cuenta de todo el bagaje emocional que arrastraba,» declaró años después, «pero poco a poco me fue saliendo. Cuando deje (el centro), tuve que tantear un poco mi camino. Siempre había tenido miedo de no beber. Tenía miedo de que la vida fuera aburrida. En los entrenamientos de primavera me di cuenta de que tenía muchas ganas de vivir cuando antes solo había tratado de sobrevivir».

Eckersley acudió al juicio de su hermano. Y testificó. Reconoció abiertamente su adicción y habló de los problemas que le había generado a ambos desde su infancia. Sirvió de poco. Glenn fue sentenciado a cumplir 40 años en prisión.

En abril de 1987 Eck fue traspasado a los Oakland A’s. Volvía a casa. Iba a ser precisamente allí donde se iba a convertir en una leyenda.

Un closer en el Salón de la Fama

Con 32 años, después de haber dado tumbos por la liga y haberse asomado al abismo, Eckersley regresaba al lugar en el que empezó todo. La ciudad dura y violenta que le arrojó a los brazos de la bebida. La misma ciudad que le permitió ser un pelotero profesional.

Aquellos A’s eran un equipo muy redondo. La ofensiva reposaba sobre Jose Canseco, Mark McGwire y compañía mientras que el as del equipo era Dave Stewart. Todos ellos a las órdenes de un joven Tonny La Russa, un manager moderno que estaba revolucionando la manera de dirigir. El rol de Eck no estuvo muy claro en un primer momento, pero acabó siendo la guinda del pastel.

Al poco de incorporarse hizo un par de aperturas, aunque tanto La Russa como Dave Duncan, entrenador de pitcheo, le veían mucho más valor como relevista. «Le mandamos al bullpen para ver que pasaba,» recuerda La Russa, «Dave Duncan pensó que podía ser un relevista muy dominante.»

Una serie de lesiones en el cuerpo de relevistas, especialmente la del fireman  Jay Howell, hicieron que Eckersley fuera tomando un protagonismo cada vez mayor. Acabó 1987 siendo uno de los relevistas más dominantes de la liga. Podía localizar el slider donde quisiera.

El año siguiente, 1988, empezó con Eck como la pieza fundamental del bullpen de los A’s. Habían pasado siete años desde el final de ese lustro mágico como abridor en Cleveland y Boston. Lo que se nos venía encima era otro lustro de dominio absoluto. Entre 1988 y 1992 acumuló un 1,90 de ERA, 220 salvados, 378 ponches y 38 bases por bolas (¡¡38 bases por bolas en cinco años!!). Su promedio de SO/BB fue de 9,95. ¡Una auténtica locura! Por poner este número en contexto: Josh Hader, relevista más dominantes de los últimos cuatro años, promedia un SO/BB de 4,63. Mientras que alguien como Curt Schilling, un mago del command, consiguió 9,58 en su mejor temporada en las Mayores. Ese control absoluto de la zona de strike es lo que sirvió para que se le bautizara con su nuevo apodo: The Paintmaster.

Se convirtió en uno de los lanzadores más temidos, odiados y respetados de toda la MLB. Sus manierismos de juventud se acentuaron todavía más. Su ojo cerrado al lanzar recordaba irremediablemente a un francotirador en busca de un blanco y sus celebraciones al conseguir un strike de volvieron mucho más vehementes.

La utilización de Eck fue variando poco a poco. El rol de fireman que se le daba al mejor relevista del equipo se fue acotando y las actuaciones de Eckersley se redujeron casi exclusivamente a la novena entrada. De hecho, es considerado el primer cerrador moderno. Eso no le impidió recibir votos para las votaciones del Cy Young e incluso del MVP. Entre 1988 y 1990 estuvo en el Top 6 en ambas categorías, siendo una pieza fundamental de Oakland en las Series Mundiales de 1989.

Su año más dominantes fue 1990. Aquella temporada su ERA fue un ridículo 0,61. El comando de Eck brilló más que nunca y sus strike outs se fueron hasta los 73 mientras que sus boletos se quedaron en 4 (SO/BB de 18,25).  El mayor reconocimiento posible, sin embargo, le llegó dos temporadas después. En 1992 Eckersley se convirtió en el cuarto, y hasta la fecha último, relevista capaz de hacerse con el galardón de Jugador Más Valioso del año.

Poco a poco, y de una forma gradual, su rendimiento fue decayendo. Disputó un par de temporadas dignas con los Cardinals y en 1998 volvió a Boston para retirarse definitivamente.

Dos Uno Siete

Ese fue el extraño viaje de un lanzador especial con una carrera deportiva única y una trayectoria vital atormentada. Abrió un Juego de las Estrellas, lanzó un no hitter, ganó 20 partidos en una temporada como abridor, un Cy Young y un MVP como relevista y alcanzó los 390 salvados. Todo esto mientras su mujer le ponía los cuernos con un compañero, su hermano era sentenciado a 40 años de cárcel y él mismo lidiaba con el alcoholismo.

Empezábamos esta pieza recordando una recriminación que David Price le hizo a Eck: «Es el mejor lanzador que jamás haya pisado la tierra. El béisbol es muy fácil para él». A Price habría que  decirle que si, que en 2004 Dennis Eckersley fue exaltado al Salón de la Fama, pero que su hermano lo tuvo que ver desde la cárcel. Y no creo que eso fuera fácil.

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