Apatía en los Medias Rojas (pero Bloom tiene un plan)

Más allá del mal juego y de un pitcheo terrible, lo que más irrita del inicio de temporada de los Medias Rojas es la apatía. Pero tienen a Bloom...

apatia en los medias rojas
Apatía 
  1. Impasibilidad del ánimo.
  2. Dejadez, indolencia, falta de vigor o energía.

Son muchas las cosas que se pueden decir del inicio de temporada de Boston, y pocas son buenas. Tampoco es que eso sea noticia. En mayor o menos medida, se sabía que 2020 iba a ser un año de transición marcado por un profundo cambio en la dirección de la gerencia. El objetivo de los Medias Rojas en esta nueva campaña no era clasificarse para octubre, sino resetear la plantilla y estar en disposición de competir en los próximos años. Las derrotas eran algo esperado.

No obstante, esas derrotas no solo están siendo acompañadas por un muy papel de los lanzadores (insisto, algo que ya sabíamos y en lo que tampoco merece la pena hacer demasiado hincapié) y un decepcionante rendimiento de los bateadores (esto si que es más sorprendente). El mayor problema del equipo está siendo la apatía y la dejadez con la que los peloteros salen al campo. Es como si pensaran que está temporada no cuenta. Como si quisieran pasar directamente al 2021.

Es probable que una serie de factores se hayan combinado para crear ese ambiente. Distintas situaciones que por separado no habrían tenido tanto impacto pero que combinadas han acabado sumiendo al equipo en ese pasotismo tan raro. La llegada de Chaim Bloom y la salida de Dave Dombrovski, el traspaso de Mookie Betts y David Price, la decisión de someter a Chris Sale a la Tommy John, el acortamiento de la temporada por el COVID-19 y los problemas de salud de Eduardo Rodriguez han sido los ingredientes principales de ese cóctel de apatía que Boston pone sobre el campo un día tras otro.

Los factores de esa apatía.

La salida de Dombrowski y la llegada de Bloom es una decisión única y exclusiva de los propietarios de la franquicia. Y seguramente una muy acertada. Dombrowski llegó a un equipo lleno de estrellas en ciernes en 2016. Las rodeo de jugadores contrastados y ganó el anillo en 2018. En ese momento su ciclo vital en Boston terminó. El miedo muy fundado de los dueños a que seguir apostando por él desembocara al cabo de pocos años en una versión 2.0 de los Detroit Tigers precipitó su marcha.

Su sustituto ha sido un gerente general totalmente antagónico. Si Dombrowski se caracterizada por el ganar ahora y por tirar de chequera, Bloom ha demostrado en Tampa tener la receta para crear proyectos competitivos, sostenibles y constantes con proyección en el medio y largo plazo.

La llegada de Bloom no es mala, personalmente me gusta más su propuesta que la de Dombrowski. No obstante, consideró que los propietarios de Boston acertaron cuando trajeron al primero (y los resultados respaldan esa decisión) y aciertan ahora al apostar por el segundo. Pero la llegada de Bloom puede haber trasmitido (de una manera subconsciente) un mensaje un tanto negativo al equipo: ganar ya no es importante.

Al final, la salida de un tipo como Dombrowski significa poner fin a un proyecto enfocado únicamente en ganar. La llegada de Bloom, en cambio, huele a reconstrucción por todos lados. Y eso pesa en el ánimo del vestuario. Es cierto que quita presión, pero también tensión competitiva.

Si la contratación de Bloom como gerente general fue la primera piedra de ese mensaje, el traspaso de Betts y Price fue la confirmación de que las cosas iban a cambiar mucho en la dirección de la franquicia. Conviene recordar que Bloom traspasa a Betts porque el jugador había rechazado varias propuestas de extensión, había experimentado su deseo de salir a la agencia libre y las sensaciones eran que no quería seguir jugando en Boston. 

No sé quien es el culpable de no haberle dado a Betts el cariño que merecía (y por tanto el culpable de su marcha), pero no es Bloom. En ese traspaso Bloom prescinde de un pelotero que iba a perder un año después a cambio de años de control de otros jugadores y además sigue las indicaciones de los dueños del equipo y libera masa salarial al incluir a Price en el acuerdo.

El traspaso no fue ni malo ni bueno, fue necesario. Las circunstancias obligaban a ello, pero seguramente reforzó el mensaje que la llegada de Bloom ya había instalado en el vestuario. Además, si lo único que haces para suplir la perdida de Betts, Price y de un jugador importante en lo pasional como era Brock Holt, es fichar a peloteros de nivel medio/bajo que en el mejor de los casos son un buen fondo de armario (Jose Peraza, Kevin Pillar…) eso del ganar ya no es importante y somos un equipo pequeño crece exponencialmente.

Y entonces llegó el COVID-19.

La crisis del coronavirus le ha ido quitando todavía vez más tensión competitiva a la temporada de Boston hasta el punto que parece que los jugadores siguen disputando partidos de pretemporada.

Es cierto que Sale llevaba año y medio arrastrando problemas en el brazo, pero la decisión de someterse a la cirugía Tommy John se produjo cuando la MLB ya había anunciado el retraso del inicio de la temporada. La sensación es que Sale se hubiera pensado mucho más lo de pasar por el quirófano si la temporada no se hubiera pospuesto (algo que también se ha dicho de Noah Syndergaard).

La baja de Sale fue un auténtico jarro de agua de fría. Perder al zurdo tras la salida de Price dejaba el peso de la rotación sobre una eterna promesa como Eduardo Rodriguez. Eso generaba todavía más dudas sobre un cuerpo de abridores que no contaba con mucha profundidad. Pero Rodriguez también iba a causar baja. El 7 de julio se hacía oficial que el venezolano había dado positivo por coronavirus. Dos semanas después conocíamos que la infección había provocado una miocarditis, que el estado de salud del lanzador era delicado y que causaba baja para la totalidad del 2020.

Imagino que el vestuario entró en shock. No solo por el aspecto deportivo del asunto (tu rotación se quedaba en pañales), sino por el lado humano. Saber que un compañero está lidiando con algo que puede lastrar su carrera te hace pensar en muchas cosas, y seguramente ganar partidos de béisbol no es una de ellas.

Otros aspectos derivados del COVID-19, como las duras negociaciones entre MLB y sindicato, la situación en las Menores, una competición acortada y un tanto descafeinada han contribuido a que la falta de tensión que ya se había aposentado en el clunhouse de los Medias Rojas creciera como una bola de nieve.

In Bloom we trust

El equipo está jugando mucho peor de lo esperado, eso es innegable. Los Mariners son los únicos con un diferencial de carreras peor y solo los Pirates tienen un peor balance de victorias y derrotas. Sin embargo, conviene recordar que Boston está en un año de transición. El coronavirus y sus implicaciones han provocado que los peloteros se lo tomen con más calma de la esperada. Con una apatía, que por momentos, resulta desesperante. Pero eso no significa que el proyecto de Bloom haya fracasado.

La paciencia es imprescindible. Los mismo sectores que hace tres años criticaban a Dombrowski por destrozar el sistema de granjas por el ganar ahora, critican en estos momentos el nuevo rumbo de la franquicia por no buscar competir en 2020 (seguramente tampoco en 2021) y centrarse en la reconstrucción y fortalecimiento en el medio y largo plazo.

Bloom tiene un plan. Uno que funcionó en Tampa y que puede funcionar en Boston. Hay quien dice que lo que les da resultados a los Rays o los Athletics no funciona en mercados grandes por las urgencias, lo mandatorio que es ganar siempre, el ansia de los fanáticos y el asedio de la prensa. Conviene recordar que los Red Sox estuvieron 86 años sin ganar y que solo cuando copiaron a los A’s de Billy Beane consiguieron convertirse en la franquicia más exitosa del siglo XXI.

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